martes, marzo 24, 2015

ARGENTINA: 24 de marzo 1976-2015


Los no del todo idos de marzo
Recuerdo las palabras de Hanna Arendt en el juicio a Eichmann: "Lo inquietante en la persona de Eichmann fue justamente que él era como muchos y que esos muchos no eran perversos ni sádicos sino terriblemente normales. Normales que dan miedo".
El día se va acabando. Cercano al comienzo del otoño cuando con belleza descuidada se desandan las hojas de su abrazo de árbol....
Hace treinta y nueve años, pienso, la mañana del 24 de marzo caminaba Callao hasta que vi esa sangre, expuesta pero no nombrada.
Busqué la noticia en el diario, no estaba. Fue el comienzo de la unión perversa de la exhibición y el silencio. El miedo entonces fue un vestido compacto, todas las formas del miedo, aún las que nunca habíamos conocido.
El miedo a lo que no se nombraba, la amenaza que no era posible disolver con palabras. Tomaba cuerpo, era cuerpo. Dolor de la garganta que no habla.
Sueño que se escapa, pesadilla, desamparo. Ningún interior era posible, seguro. Alma expuesta, fractura de los símbolos, de la lógica, del pensamiento que no puede con lo impensable. Andar calles infectadas de uniformes, un verde repugnante, tan distinto al otro verde-vida. No se sabía qué era lo que te podía perder o salvar.Me daba miedo que la cara dijera lo que la boca callaba.
Ciudad dónde todo estaba sospechado, ser joven, vivir, pensar, vestir de cierto modo, juntarse, algunas profesiones, estudios, lecturas, libros, cuadros. En fin, todo lo que quería y era mío. Para ser o estar tranquila habría tenido que no ser, no desear la libertad, no soñar otro mundo, no pensar, no haberme metido "Hiroshima mon amour" adentro de la sangre, notomar café en La Paz, no caminar Corrientes entre librería y librería, en síntesis: NO. El miedo triunfaba aún sobre la tristeza. Si hubiera podido querer a los que enfermaban, destruían los signos vitales, enrarecían el aire. Si hubiera podido oírlos sin rebelarme, no darme cuenta de nada; hubiera esquivado el miedo, y esa sensación de desamparo, ese estar expuesta al capricho de un poder brutal. No pude, las manos del miedo tapaban la boca pero no los ojos.
Ese volcán estancado, interno, explotó una noche en cantos cuando esperábamos el día siguiente, el primer día de la democracia. Luego vino el llanto, lo acumulado se volcó en palabras y nos volvimos a adueñar de sentidos, sentimientos, sutilezas. Seguro que la memoria de la piel conserva ese terror.
En la presentación de un libro, los personajes de Ernesto Mallo de la novela "La aguja en el Pajar" estaban teatralizados y andaban por la
librería, entre nosotros. Uno de ellos, un militar con su uniforme se puso a mi lado. Le pedí que se fuera. Ni en ficción los soporto. Porque hicieron real lo que tiempo antes sólo podía ser ficcional. Nos trajeron esa helada certeza de lo que puede pasar entre normales. Tantos, tan normales que desvían la mirada y dejan a las víctimas solas, tan desnudas .

Cristina Villanueva

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