Hace días que doy vueltas pensando en este texto que empiezo a escribir. Alrededor, como nunca en mi historia de 50 años sobre el mundo, la palabra feminismo se repite y se repite en lugares inesperados: en programas de chimentos, en foros de debate y redes sociales, en otros programas donde el discurso político parece también un programa de chimentos, en la redacción donde trabajo, en la verdulería donde compro la fruta; hasta con mi hijo de nueve años. Ayer mismo, él se puso a llorar porque le dije que no se comporte como un machito. Justo él, mi niño feminista, el que dibuja historietas de guerreras para hacerme feliz y descubre que la generala, el juego de dados, se debe llamar así “para no ser tan machista”. Se lo dije porque, caprichoso, me pedía que le baje el té a su lugar de juegos, imperioso, porque estaba “ocupado”. ¡Y lo escuchó como un insulto! Otro niño, apenas tres recién cumplidos, le dijo a su mamá esta misma semana –que me lo cuenta por chat para animarme a completar estas páginas– “vos me enseñaste que las varonas no son tan diferentes”. Ella ni siquiera sabe cuándo enseñó tal cosa, cómo tradujo a su idioma que el universal es masculino y que el femenino, lejos de un misterio es una cuña en el lenguaje, en el conocimiento, en el hacer cotidiano; no lo sabe. Pero el niño seguro la ha visto ir y venir del jardín de infantes, escribir contra todo huracán infantil a sus espaldas, defender a sus otros hijos con esa animalidad que siempre nos atribuyen a las mujeres, llorar de desamor hasta quebrarse y nunca dejar de hacer los fideítos. ¿Qué varones serán para él la vara de la que no somos tan diferentes?
Mi hija mayor, que ya es madre, corre al cajero esta semana con el temblor de no saber cuánto habrá bajado su salario este mes porque el presentismo que lo completa se dañó por las dos veces que se enfermó su hija. No le pasa al padre de la misma niña, le pasa a ella. A ella que creció en redacciones, jugando escondida bajo mi escritorio porque yo fui parte de ese 30 por ciento de mujeres que crían solas a su prole. Esa diferencia en la inversión de tiempo que converso con mi hija como otras veces conversamos –y nos enojamos, sí– por el acoso callejero, por la banalidad con la que en ámbitos de trabajo se puede hablar del cuerpo de las compañeras o subordinadas; de eso no se podría hablar si no tuviéramos en común un lenguaje que fuimos construyendo a lo largo de la vida, un lenguaje y una forma de entender el mundo feminista.
La primera vez que me declaré feminista fue en un acto público, me daban un premio por las columnas sobre vivir con vih que escribí en este diario durante diez años. Me subí temblando al escenario de un club de Vicente López porque iba decidida a decirlo aunque no me sentía habilitada. Creía que me faltaban lecturas, academia, que alguien más me nombrara. De todos modos lo dije: “Soy hija de una mujer desaparecida, soy madre soltera, vivo con vih y soy feminista porque creo que el feminismo es una toma de conciencia”. Una toma de conciencia que descubre la hebra para hilar esas experiencias y ver en el bordado final la misma constante: la resistencia, la resistencia feminista.
Es un tiempo extraordinario este en el que discutimos a viva voz de qué se trata ser feminista, aun cuando hasta el agotamiento haya que repetir que no tiene nada que ver con odiar a los hombres, con amar o convivir con uno o más de uno. Veinte años atrás no era tan sencillo. Las agendas feministas parecían haber quedado encerradas en las discusiones con organismos multilaterales que podían transformar nuestras vidas cotidianas, por qué no, se vienen transformando por impulsos feministas desde antes del derecho al voto, pero ese encierro dejaba hablar a sólo unas pocas voces que a su vez eran consultadas por unas pocas periodistas. Antes había habido otras, siempre hay otras que dejan huella por la que imprimir pasos nuevos.
Lo llevaba (lo llevo) escrito en el cuerpo y todavía creía que necesitaba permiso para incluirme en esa comunidad de luchadoras. Es emocionante que ahora las adolescentes se lo tatúen en la piel y lo impriman en remeras sin esperar la habilitación de nadie.
Uno de los recuerdos más vívidos de la larga noche en que secuestraron a mi madre es la voz de un represor diciéndole a ella y a otra compañera: “Si fuera por mí les regalaría una rosa a cada una, pero ustedes no me están ayudando”. Todavía siento la violencia de esa frase, la vibré con mis diez años, se tomó muchos más para desplegar sus sentidos y todavía lo sigue haciendo. Esa voz que no olvido, melosa, frente a dos mujeres que tenían a sus hijos atrapados en la habitación de al lado, que escuchaban cómo se destrozaba la casa, que sabían que su destino era la tortura y probablemente la muerte, era de una crueldad mayúscula. ¿Por qué la mención a la rosa? ¿Por qué creía ese asesino –no necesito pruebas para decirlo, aunque ni siquiera sé su nombre– que dos mujeres militantes podrían querer una rosa? A veces la violencia se instala en ese reduccionismo: las mujeres están para una sola cosa, para recibir lo que se les de, siempre que no quiebren la norma de lo que se espera de ellas. Puedo adivinar por los testimonios de sobrevivientes en qué se transformó esa flor, esa palabra como una escupida que era solo espinas. Violencia sexual, es la denominación roma porque no tiene sentido abrir detalles en este texto. Sí decir que si la podemos leer así ahora, si así se denuncia en los estrados de los juicios de lesa humanidad es porque el feminismo se ha diseminado, cruzado las fronteras donde se suponía relegado, se encendió como bengalas para alumbrar no sólo el presente si no también las experiencias pasadas. Lo dicen las que testimonian con una valentía que se apoya en la comunidad de luchadoras, heterogéneas, que habilitaron la posibilidad de la escucha más allá de sus propios oídos.
Decir que soy hija de una mujer desaparecida, recortar su condición de mujer de los 30 mil por los que siempre dijimos y decimos presente; ese para mí es un acto feminista. Nombrar para que en esa enunciación se abran preguntas: ¿qué necesidad de decir mujer? ¿en qué cambia? ¿qué de su ser mujer quedó obturado desde antes de la tortura y qué se expuso en la violencia que padeció que merece ser dicho? Estas son apenas algunas, superficiales.
“Y sí, un poco te caga la vida el feminismo”, me decían hace muy poco un grupo de estudiantes secundarias, riéndose de ellas mismas, de la imposibilidad de volver atrás cuando el aire patriarcal, ese que respiramos todas y todos, se vuelve irrespirable. Porque hay canciones que les molestan, porque hay supuestas galanterías que no les parecen tales, porque hay que reorganizar hasta el deseo, que es retobado e incorrecto, como si la corrección fuera una palabra que tuviera algo que ver con el deseo. No es posible ver y dejar de ver, aunque a veces miremos para otro lado. Esa toma de conciencia que es el feminismo no se apaga nunca, aun cuando no se hayan experimentado las muchas violencias a las que estamos expuestas. Ni las publicidades, ni la música, ni las ficciones, ni el modo en que criamos o el que nos enamoramos queda afuera. Algo titila cuando queremos acallar la conciencia feminista. Y sí, nos indignamos, nos enojamos, tenemos derecho. Frente a la imposición de la maternidad y la casa limpia, frente a la hegemonía de los cuerpos habilitados para gustar a los otros. Frente a los modos en que nos dicen que tenemos que ser feministas y cuáles no. Pero ese enojo tiene una ventaja y es que así como expulsa de la cotidianidad de ser la que agrada, nos incluye en el ojo de la tormenta de una comunidad que existe porque se funda en la empatía, en el conocimiento de la fragilidad de la otra que en cualquier momento puede ser la propia. Porque ese enojo es un ansia por transformarlo todo.
¿Y qué tiene que ver el vih con el feminismo? No pretendo hacer de este texto un manual de feminismo, apuesto en todo caso a poner en común una experiencia de vida que se hizo feliz gracias a ese movimiento político, a esa ética que aprendió del silenciamiento del propio cuerpo que todos los cuerpos importan y que todos los cuerpos tienen algo que decir y por eso todos cuentan. Hablo del vih porque me enfrentó a la medicina y a su poder disciplinador que ya había padecido al momento de parir. Ese poder se impone sobre todos pero sobre los cuerpos feminizados, además, opera la negación, el oscurantismo, la redoblada condena moral. Fue ese enfrentamiento una de las primeras luces de alerta sobre lo que significa ser mujer y sabiendo eso puedo intuir lo que significa ser travesti o trans, ser intersexual, discapacitada, excluida del sistema de salud. “Si revisás el Testut, un compendio de anatomía humana con el que se sigue estudiando en las academias de medicina verás que hay al menos cien páginas dedicadas al pene. Para el clítoris, apenas un párrafo”, me contaba una médica hace unos años y eso no ha cambiado gran cosa. Cuando supe que tenía vih, por ejemplo, me resistí a la novedad que me imponían de que ya no podría quedar embarazada. La respuesta docta no fue por buscar caminos alternativos a la concepción clásica si no preguntarme si no me parecía cruel querer tener hijos ¿Cruel? ¿Yo? Tampoco me contestaban por qué no se podía hablar de lo inofensivo que era en términos de transmisión del virus que me practicaran sexo oral –qué feo se lee “practicaran” para un acto tan bello–. La respuesta era “es que no hay estudios que lo confirmen”. ¿Y por qué no hay estudios que lo confirmen? “Porque la incidencia es nula no vale la pena hacer estudios” ¿Y entonces por qué no se puede decir que es una práctica de riesgo tan bajo como cruzar la calle? “Porque no hay estudios que lo avalen”. Ser feminista es saber y decir que mi placer cuenta. Pero además, es advertir que la producción de conocimiento, como queda claro en este ejemplo mínimo, responde también al patriarcado, a los privilegios que otorga, a un ordenamiento piramidal que le da existencia a unos cuerpos determinados, correctamente funcionales a los goces masculinos.
“Lo que me impresiona es que ahora me doy cuenta de que buena parte de lo que me molestaba, que hablara por mí, que me tratara de boluda, que hasta me elija el vino, no tiene que ver exactamente conmigo sino que es puro machismo”, me dijo una amiga, profesional, educada, con muchos recursos económicos y simbólicos. Eso es, entre otras cosas, el feminismo. Nos saca del terreno de lo individual, nos permite poner distancia con lo que hicimos para que nos pase tal o cual cosa, tira abajo las paredes de la casa en la que cada una está encerrada para entender algo de lo común, que nos precede y se sostiene más allá de una u otra relación particular. Otra vez, aunque suene reiterativo, nos ofrece una comunidad, condiciones de existencia. “Sin el feminismo yo seguiría sintiendo que soy lo abyecto”, dice otra amiga que se sentía así por lesbiana, por vivir lejos de los límites de la ciudad, porque nada de la feminidad le resulta propio. No somos nosotras, de una en una, el problema; al contrario, el problema es asumir que hay formas de ser y de estar en el mundo en las que es necesario aunque haya que cortarse los dedos para calzar el zapato de Cenicienta. Nuestra comunidad está fuera, extramuros, no vamos a entrar al palacio salvo para convertirlo en el espacio en donde puedan realizarse nuestras asambleas, donde la palabra circule, donde cada voz se potencie con la otra.
Mientras escribo alguien me llama y me pregunta si el feminismo puede ser de derecha. Es una pregunta incómoda, recurrente, nada fácil de contestar si nos ajustamos a una definición del feminismo como la búsqueda de equidad para hombres y para mujeres. Es la que circula, la que se digiere, que puede enunciarse. Y tiene algo de verdad. No alcanza. ¿La equidad en qué términos? ¿Si no hubiera feminización de la pobreza, es decir, si las mujeres fuéramos en partes iguales pobres y ricas como los varones se agotaría el feminismo? ¿Cómo se digiere que mientras que las empresas y los Estados hacen sus pactos de explotación de la fuerza de trabajo de las personas se enuncien también medidas para la equidad de género como las propuestas cuando se reunió el G-20? Este texto es en primera persona y para mí la respuesta a la pregunta sobre el feminismo de derecha es que es un oxímoron. No se puede consagrar la explotación y ser feminista reformando algunos matices de esa explotación. Así como este texto mezcla todo, apenas un fragmento mínimo de lo vivido y lo escuchado, el feminismo en el que habito busca cambiarlo todo, desde la base. Cómo se hará no tiene respuesta, ojalá hubiera alguna certeza. Ojalá pudiera decir es el socialismo o es el comunismo; no puedo. Estamos en la búsqueda, esa es la única certeza.
La semana pasada pasé largas horas con una mujer que sobrevivió a las puñaladas que le dio el hombre con el que había convivido 36 años. Nunca le había pegado, “solo” había roto cosas a su alrededor, objetos amados o necesarios para ella, la había amenazado de palabra, a ella y a sus hijos. Cuando lo denunció, y lo hizo cuando su hija menor ya podía valerse por sí misma, no parecían elementos suficientes esas amenazas como para tomar medidas drásticas, se lo excluyó del hogar aunque no se le impuso una medida perimetral y convivieron en el mismo barrio unos pocos meses. Hasta que él cumplió y fue a buscarla. La apuñaló en el cuello, repetidas veces, sobrevivió con secuelas que un año después del ataque todavía padece. Hablar con ella y mirar las cicatrices que la solera de verano no podía ocultar     –aunque no es algo que ella busque– es una manera de reconocerse en heridas menos visibles pero que la mayoría de nosotras acumulamos. ¿Es un golpe bajo poner esta historia como parámetro? ¿Acaso no es una más de las historias de las que somos protagonistas a diario? El dolor nos hace feministas, muchas, demasiadas veces. Ese dolor nos hermana, cuando somos capaces de sentirlo, nos convertimos en manada. La determinación de esa mujer por contar su historia, por seguir planteando preguntas que se van entramando unas con otras, esa capacidad de resistencia y ese deseo vital es el que le da la poder al feminismo. Es en la escucha y el reconocimiento, en la empatía, como acumulamos saberes.
¿Todas tendríamos que ser feministas? Para quienes no dudamos, hay un imperativo ético, un desconcierto frente a quienes dicen “a mí nunca me pasó” y prefieren no alinearse con un movimiento político ni siquiera desde la toma de conciencia de la injusticia. Pero hubo quienes estuvieron a favor de la esclavitud, quienes creen que lo imposible es simplemente imposible, quienes prefieren sus privilegios o temen perder el amor del amo.
Yo soy feminista, soy sobreviviente de violencia, tengo un cuerpo inconveniente porque ya ha vivido demasiados años como para circular en el mercado del deseo y sin embargo sigue deseando tanto orgasmos como meter los dedos en la arena y disfrutar de la luna llena en algún lugar donde haya horizonte. No temo estar enojada, tengo que estar enojada si pretendo rebelarme contra la opresión y encontrarme con compañerxs que desprecien la opresión. La x no es corrección política, es plantar una incógnita, otra más, por los sujetos capaces de protagonizar esta rebelión que para mí es el feminismo. Otros cuerpos y existencias inconvenientes y también quienes no lo son, quienes podrían pasar desapercibidas y sin embargo no quieren, se plantan, contestan, se encuentran con otras. No hay teoría en estas líneas, hay latidos, hay deseo, hay la experiencia de la felicidad y el desamor, la inconformidad y el festejo por pequeños pasos que ya hemos dado. Hay determinación, también, por contagiar de esta inconformidad a mi hijo y a mi hija, por hacerlos rebeldes, tenaces, libres, deseantes, gozosos. Tal vez haya más preguntas que respuestas en esta larga diatriba pero nunca la verdad revelada ha movido al mundo. Y lo que pretende el feminismo es justamente eso, mover al mundo, sacudirlo, sacarlo de su eje. Hacer temblar la tierra.