-Es que para nosotras, ustedes son como seres míticos…
-¿Míticos? ¿Qué es míticos?
El diálogo sucede en el auditorio del caracol Torbellino de nuestras palabras, en la zona Tzotz Choj, Chiapas, la puerta de la Selva Lacandona. Lucía, una joven miliciana del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, se había sentado en un descanso y a su alrededor -después de que alguien le preguntara alguna cosa y ella contestara relajada- se habían ido acumulando varias decenas de mujeres occidentales que ahora la miran y le hablan arrobadas. Son tantas las “hueras” (blancas) que deambulan desde hace dos días por los caminos de terracería, solas o de a grupos, hablando sus propias lenguas, tan ávidas de entrar en contacto con las anfitrionas, que cuando un diálogo se entabla parece que la voz corriera como ese olor ácido de los tacos recién hechos para convocarlas más rápido que las ganas de comer.
A Lucía no se le ven más que los ojos, pero éstos también sonríen. Detrás de ella, el espacio entre el techo de chapa y las paredes de madera del auditorio enmarca las montañas alrededor, la vegetación exuberante, el cielo siempre azul en esta época, los haces del sol que bajan en picada, inclementes, al mediodía. Cerca, en el mismo lugar semicerrado y de piso cubierto de aserrín, otro grupo de mujeres levanta las manos y grita, actuando una liberación que a algunas las emociona y a otras las hace reír; muchas no llevan pasamontañas, otras sí.
La pregunta de Lucía y su sonrisa hacen evidente, todavía más, los dos senderos por los que vamos y venimos entre el calor intenso del día y el frío helado de las noches: la distancia de la extranjería y los puentes colgantes del deseo, frágiles, tendidos ansiosamente durante el Encuentro Internacional político, cultural, artístico y deportivo de Mujeres que Luchan en territorio liberado del “mal gobierno”, en territorio zapatista. Deseo de saber, de entender, de imaginar, de a-prender, de descubrir por qué acudimos en manada feminista al llamado de estas guerreras menudas de voz dulce y gestos determinantes desde los cinco continentes.


Milena Pafundi
Lloramos con sus palabras de bienvenida, nos reímos de su “trompudo chingón” –para hablar del presidente de Estados Unidos– y de su chinga de cualquier cosa, puestas en el discurso como si nada; hasta las mexicanas que usan las mismas palabras se ríen de esa soltura. Se nos alteran los latidos de sentir la montaña bajo nuestros pies, de leer cada mensaje pintado en las paredes de los distintos edificios, todos de madera, todos engalanados para la visita: “Llegó la hora del florecimiento de los pueblos. Que nuestra palabra portadora del dolor, de la dignidad y la vida ¡Haga retemblar la tierra!”, “el capitalismo convierte todo en mercancía, para él las mujeres somos propaganda, adornos… ¡Ya basta de este sistema capitalista!”, “Nuestra voz no es sólo la voz de las indígenas de México”, “una casa donde quepan todos los mundos”. Las estrellas rojas brillan más que las constelaciones que perforan el telón negro de las noches de luna en retirada, porque a estas estrellas se las puede tocar, sus bordes se encarnan en cada olla que cuece tamales, en los caldos de pollo que se faenan ahí detrás de la cocina de campaña; porque esas estrellas proyectan el sueño eterno de la revolución que aquí se palpa y se saborea, se agita con las polleras de colores de las compañeras de las bases de apoyo zapatistas, con los niños y las niñas que andan entre las adultas como en su casa, se bebe con el pozole y se la analiza en varias lenguas: tojolabal, tzeltal, tzotzil, “castilla”, español, inglés, portugués, francés y algún otro que no es posible descifrar al paso. Aquí la historia se hace, todos los días. Es tan emocionante, tan amorosamente sensible vibrarlo. Pero no es posible entenderla según los parámetros con que solemos entender las cosas más allá de las montañas, por más que nos sentemos en el piso a beber las palabras de cualquier compa zapatista con la paciencia suficiente como para traducirle a tantas gringas que no hay nada que se haya perdido con la lucha y la organización, porque antes de la organización no había nada. Ni existencia había.

De todos modos se pregunta, cómo no. Se pregunta a estas mujeres que no tienen nada de míticas porque les cuesta como a cualquiera cargar los cajones de melones, llevarnos las mochilas de las que llegamos de a miles al lugar donde podemos acampar o acomodarnos sobre el pasto y bajo los techos que ellas armaron para nosotras. Las que venimos como si lo mereciéramos, como si nos cupiera el título de las “que luchan”, sin cucharas ni platos la mayoría, sin pensar quién lavaría por nosotras o quién va a llevarse la basura de los descartables si no tenemos dónde comer. Sin el abrigo suficiente, sin el bloqueador de sol suficiente, imantadas por la aventura de ver a la revolución de cerca, ignorando, ciegas por la velocidad de nuestro modo de habitar el tiempo, que ver requiere de calma y la calma, de horas que se escurran sabiendo nada.
No son míticas, aunque en las casas de origen pueda haber muñequitas con pasamontañas actuando como ángeles de la guarda. Ningún mito hay en la voz colectiva con la que hablaron en el escenario desde la apertura, haciendo memoria como siempre hacen, que es parte central de la construcción política y social de una autonomía que las llena de orgullo; más ahora, que el territorio está liberado incluso de sus compañeros que también tardan en reconocerlas, compañeros algunos a los que tuvieron que hacerles la revolución antes de la revolución que empezó el 1 de enero de 1994, cuando nadie se esperaba que desde las poblaciones mayas del sureste mexicano ni de ningún otro lado surgiera una guerrilla dispuesta a hablar al corazón del mundo con poesía y al poder que tenía enfrente con las armas.



Milena Pafundi
Caracoles
“Hermanas y compañeras: Nuestra palabra es colectiva, por eso están aquí conmigo mis compañeras. A mí me toca leer, pero esta palabra la acordamos en colectivo con todas las compañeras que son organizadoras y coordinadoras en este Encuentro. Para nosotras, como mujeres zapatistas, es un orgullo muy grande estar aquí con ustedes y les damos las gracias porque nos dieron un espacio para compartir con ustedes nuestras palabras de lucha como mujeres zapatistas que somos. Como hablo en nombre de mis compañeras, mi palabra va a estar revuelta porque somos de distintas edades y de distintas lenguas, y tenemos distintas historias. Porque lo mismo trabajé de sirvienta en una casa de la ciudad, antes del alzamiento, que crecí en la resistencia y rebeldía zapatistas de nuestras abuelas, mamás y hermanas mayores. Lo mismo miré como está la situación en nuestros pueblos desde antes de la lucha, una situación muy difícil de explicar con palabras y más difícil de vivir, viendo como morían de enfermedades curables niños y niñas, jóvenes, adultos, ancianos y ancianas.”
Ya no hay muertes evitables en los territorios zapatistas, ya en estas largas décadas desde el alzamiento, la autonomía que se propusieron consiguió hospitales propios tanto como revalorizar los saberes ancestrales de las yerberas, las hueseras, las parteras; las tres tareas que asumen las mujeres desde siempre pero ahora jerarquizadas.
Lucía Franco, integrante del grupo de comunicación Matria, que llegó desde Argentina con cuatro compañeras dadas a la tarea de filmar una película llamada Cuerpos que importan, sobre mujeres que luchan en todo el mundo, supo de cuánto alivio podía conseguir en esas manos curtidas de trabajo. ¿Cómo iba a hacer cámara con un ojo infectado de pus? Las zapatistas la atendieron, sacaron la infección apretando al mismo tiempo que la consolaban con caricias, le pusieron después la leche de una plantita suculenta que también podría adivinarse en un balcón de Buenos Aires bajo los párpados y en unas horas ya no tenía nada.
Como caracoles dan vueltas las palabras para contar lo que pasó antes y lo que pasa ahora, la memoria no es pasado, es lo que hacen al caminar entre la inmensa toldería de carpas de camping que se acomodan una junto a la otra, un mar multicolor que cubre todo espacio verde y también se mete debajo de los templetes –escenarios mayores– y bordea las canchas de futbol, volibol, basquetbol, así escrito y así dicho, siempre con acento en la última sílaba, donde se jugaron campeonatos que duraron tres días. Hacen memoria cada vez que les crece el orgullo de haber organizado todo solas, desde la misma decisión de llamar al Encuentro, crecida en las discusiones entre mujeres en cada uno de los cinco caracoles que organizan las comunidades zapatistas, para después llegar a las autoridades de los pueblos, de los municipios rebeldes y las Juntas de Buen Gobierno que se forman en paridad de varones y de mujeres y deciden sobre la vida en común; hasta el más mínimo detalle de lo que sucedió entre el 8 y el 11 de marzo.


Milena Pafundi
 Ningún hombre les iba a decir cómo enterrar las vigas en la tierra, más dura ahora en época sin lluvia, para hacer techos de nylon –“los vamos a agarrar y los vamos a sacar, ya saben que no pueden venir pero sabemos que son mañosos”–. Ningún hombre les va a decir cómo hacer sonido para que la palabra colectiva llegue a todas, calcular la comida, garantizar la seguridad de todas o alimentar la fiesta, que se abre a cada rato al son de tambores y panderos, entre taller y taller, porque la energía y la alegría de estar juntas, tan diferentes todas pero tan enamoradas de esas dos palabras que las zapatistas regalan cada vez que pueden: “hermanas y compañeras”.
“Nací y crecí con las patrullas militares rondando nuestras comunidades y caminos, escuchando a los soldados decirles chingaderas a las mujeres nomás porque ellos eran hombres armados y nosotras éramos y somos mujeres. Pero no tuvimos miedo así en colectivo, sino que decidimos luchar y apoyarnos en colectivo como mujeres zapatistas que somos” –dijo en la apertura Erika, capitana insurgenta, que así, “insurgentes”, se llaman todas cuando están juntas. “Y no son palabras de un discurso, sino que en verdad tomamos las armas y peleamos contra el enemigo, y en verdad tomamos el mando y dirigimos combates con mayoría de hombres en nuestras tropas. Y sí nos obedecieron porque no importaba si eras hombre o mujer sino si estabas dispuesta a luchar sin rendirte, sin venderte, sin claudicar. Y aunque no teníamos muchos estudios, sí teníamos mucha rabia, mucho coraje de todas las chingaderas que nos hacen por ser mujer, por ser indígena, por ser pobre y ahora por ser zapatista.”
Veinticuatro años después del alzamiento, las escuelas zapatistas tienen tres niveles de educación, un sistema de medios interno de las comunidades que les sirve para compartir lo que cada una hace y también formarse, para que ninguna comunidad quede aislada, todo ese sistema manejado por chicos y chicas muy jóvenes, aunque estos días que empezaron el 8 de marzo, en el más espectacular Paro de mujeres, lesbianas, travestis y trans que pudieran tener memoria las que llegamos a las montañas de Tzotz Choj porque toda nuestra vida se detuvo y ninguna conexión a redes nos podía distraer del cuerpo presente, en estos días eran todas mujeres, adolescentes la mayoría, las que registraban cada cosa que sucedía, la entendieran o no, la disfrutaran o no, porque después del primer día la programación era una serie de propuestas hechas por las visitantes a las que las zapatistas iban con cuadernos y lapiceras para después poder llevar lo aprendido a las compañeras que no pudieron llegar.
Así, caracoleando, como si siguiera los movimientos de esas deidades mayas que tanto pueden volar como enroscarse, los días fueron pasando de a uno, mientras se acumulaba polvo en la ropa y en el pelo, mientras las zapatistas se afanaban en las ollas para dar de comer a las miles –esperaban 500 pero se presentaron 5 mil, así que, dijeron, la próxima vez “avisen con tiempo”–, dando muestras de una organización que no permitió que nada colapsara, ni los baños colectivos, ni el abastecimiento de agua potable o comida, ni el cuidado de la salud de todas.
Las preguntas se acumulaban de todos modos, hacia ellas y también hacia el espejo que no había en ningún lado: ¿Qué hacíamos ahí? ¿Qué fuimos a buscar? ¿Qué nos íbamos a llevar de este encuentro? ¿Por qué tan pocas actividades dedicadas a la exploración del cuerpo y sus posibilidades, a las artes o la cultura y tan pocas a la discusión política? Al cierre de la primera jornada, cuando habían pasado una tras otra las obras teatrales que las mujeres de los cinco caracoles habían representado, una joven miliciana volvió a plantarse en el micrófono para leer unos párrafos. Volvió a hacer memoria, pero ésta se extendió más allá de los límites del sureste mexicano, se esparció por el mundo para traer a cada una de las víctimas de la violencia femicida, a las desaparecidas de los 70 y también a las desaparecidas del crimen organizado y del narcoestado, a las presas políticas, a las que sufren todavía en silencio violencia en sus relaciones, a las sobrevivientes de violencia sexual, a las que todavía no pueden gritar. Las zapatistas volvían a poner el dolor en el centro, porque el dolor no se puede esquivar y para decir sobre las heridas otra vez “¡Ya Basta!” Entonces se apagaron las luces de todo el inmenso campamento mientras un grito común se metía en la oscuridad y en el cénit aparecían como nunca las estrellas. Enseguida, a espaldas del escenario, las 2 mil compañeras movilizadas de las bases de apoyo al EZLN, formadas juntas en distintos niveles, prendieron sus velas a la misma vez. La emoción fue un golpe en el pecho, para muchas fluyó como agua en la cara.
En la clausura del Encuentro, con ese hablar que conmueve por lo cotidiano y que ellas reivindican como salido de “corazones sencillos”, volvieron sobre esa acción: “Compañera, cuando te sientas sola, cuando tengas miedo, acordate de esta luz, clavátela en las tripas y no te la quedes, pasala. Tal vez, si nos ponemos de acuerdo, nos volvamos a encontrar para prenderle fuego al sistema capitalista y patriarcal. Y sobre esas cenizas empezará la verdadera chinga, de hacer lo que queremos y como queremos, para que nunca más haya una mujer con miedo”.
Y en esa acción ponían entre nosotras también algunas respuestas a las preguntas por el sentido, o tal vez el germen de otras preguntas: la invitación era a encontrarnos pero también a la organización. Ellas mostraron lo que pueden, lo que significa la tenacidad de permanecer en procesos a veces dolorosos, a veces imposibles, a veces convertidos en fiesta porque “la rebeldía, la resistencia, la lucha es también una fiesta, aunque a veces no hay música ni baile y sólo hay la chinga de los trabajos, de la preparación de la resistencia”. Quedó en las manos de las invitadas llevarse esa luz que trae los dolores de todas pero también la apuesta por seguir inventando formas de estar juntas, de que nunca más haya una mujer con miedo.


Milena Pafundi
Vivir con dignidad
En el tiempo zapatista, que tiene su propio reloj y no se acomoda a las necesidades “del mal gobierno”, una entrevista se pide un día y se concede después de discutirlo entre “el chingo” de compañeras coordinadoras, dos días después. Aun cuando en el medio no pareciera haber demasiadas actividades, aunque las comandantas Miriam y Everilda estuvieran ahí, como disponibles. Las horas no son las del reloj, son las del baño y la sombra, de la comida y las tareas hechas. Cuando por fin llega, es Everilda, del Caracol Madre de los Caracoles del Mar de Nuestros Sueños –La Realidad–, la que tendrá la palabra, junto a Dalia. Las dos son coordinadoras de organización, tienen 30 años, no se han casado y no piensan hacerlo todavía porque después se pone chingona la tarea de los niños y los maridos, “aunque vayan entendiendo que somos iguales, es responsabilidad y preferimos la lucha”. Ella va a insistir más de una vez en que no piden a todas que se hagan zapatistas, sino que “luchen en sus mundos, que empecemos a mirar por qué es que estamos triplemente explotadas las mujeres”, por el capitalismo, por el trabajo en las casas, por la violencia sexual. “El capitalismo se mete con nosotras porque no quiere que hagamos el cambio. Por eso vienen a buscarnos de sirvientas o vienen como ahora a querer meternos sus planes de salud y sus hospitales, pero no nos dejamos engañar, nosotras ya sabemos cómo hacer. Y si en algún momento necesitamos, sí vamos a sus hospitales, porque nosotras los usamos. Antes acá no había ni caminos. El mal gobierno los hizo para hacer pasar sus tanques para reprimirnos, y ahora nosotros podemos ir de un caracol al otro. “
¿Qué significa para usted la autonomía, Everilda?
–Es nuestra organización propia. Es tener un banco de mujeres, por ejemplo, el Banamaz, donde nosotras pusimos una donación de 35 mil pesos que recibimos y de ahí damos crédito a las mujeres que después devuelven para hacer cosas como esta. Nosotras organizamos todo. Nos juntamos en colectivo, primero en los pueblos, después en los municipios rebeldes y en las Juntas de Buen Gobierno. Ahora van a ver los hombres lo que podemos hacer. Porque todito lo hicimos nosotras, tomar decisiones urgentes, si no sabíamos que venían tantas…
¿Qué es lo mejor que pasó en este Encuentro? ¿Es como se lo habían imaginado?
–Queríamos que se conozca cómo vivimos en nuestros pueblos y queríamos mirarlas a ustedes. Ahora ya vemos que se puede mostrar más, que las hueras andan así. Que se puede hablar de muchas cosas. Pero las conclusiones las vamos a sacar en colectivo, cuando ustedes se vayan.
La respuesta trae algo de alivio, al menos para esta cronista, incómoda a veces con cierto espíritu de turismo exótico que podía animar(nos) a muchas de las que acudimos al Encuentro. Ellas querían mirarnos, mirar el movimiento feminista, ecléctico, heterogéneo, juvenil que viene agitando el mundo. No estábamos sólo mirando, también siendo miradas. Y en esa chance, entre los climas extremos a los que nos expusimos, había algo de horizontalidad, de intercambio genuino entre saberes de mundos distintos pero que, como dice Everilda, son parte del mismo monte, donde hay muchos árboles distintos. De alguna manera, las zapatistas se sumaban al paro internacional de mujeres y convocaban a miles a parar de muchas maneras distintas dentro de sus territorios. Por alguna razón, el único texto que no fue escrito por ellas que leyeron en el escenario fue el llamamiento al Paro Internacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans que elaboró en diciembre el Colectivo Ni Una Menos. Con el encuentro abrían su mundo a todos los mundos y ellas se sumergían en esa marea que mezclaba cuerpos, experiencias y discursos.

Everilda, ¿puedo preguntarle por qué siguen usando el pasamontañas? ¿Por qué lo siguen usando?
–Es por seguridad y es nuestro signo político. Si nunca nos miraron, si ni sabían que existíamos, ¿por qué ahora tantas ganas de vernos las caras? -cerró la joven dirigenta, aunque en la última noche, cuando ya quedaba sólo bailar y entregarse a los abrazos que se sucedían, fueron muchas las que se levantaron las capuchas negras, tal vez como manera de subrayar el acuerdo que las zapatistas propusieron y que todas las asistentes refrendaron con aplausos y con lágrimas en los ojos:
“Hagamos el acuerdo –dijeron desde el escenario– de mantenerse vivas, en la lucha, en la resistencia, pero vivas. Que nuestro acuerdo sea vivir y vivir con dignidad.”
Eso es lo que decimos cada vez que decimos Ni Una Menos, ¡Vivas nos queremos! En nuestro país y en tantas partes de un mundo donde la contraseña funciona porque estamos cansadas, porque con las zapatistas es hora de decir también ¡Ya Basta!