En rigor, y como era de prever, la ciudad fue prácticamente militarizada para el encuentro de los países que representan al 80 por ciento de la riqueza mundial. Se calcula que hay 20 mil policías vigilando los alrededores del centro de convenciones donde mañana arrancará de manera oficial la cumbre.
Todavía siguen presentes las imágenes de los incidentes de Seattle, en 1999, y de Génova en 2001, cuando el entonces presidente mexicano Ernesto Zedillo llamó “globalifóbicos” a quienes protestaban y estos adoptaron orgullosos el epíteto.
Merkel, en cambio, quiere mostrarle a sus socios globales un país en el que la disidencia es posible, un mensaje especialmente destinado a China, Turquía, Rusia y Arabia Saudita, a pesar de que el lugar elegido no le augura tranquilidad ni a la anfitriona, ni a Donald Trump, Vladimir Putin, Theresa May y Xi Jinping: Hamburgo es el principal centro de acción de la izquierda radical en Alemania. Es, además, la sede del Rote Flora, un teatro ocupado desde los años 80, el corazón de los críticos del sistema.
Mañana, cuando comience el encuentro, se prevé que haya grupos que intenten cortar los accesos al centro de convenciones e interrumpir la actividad en el puerto, cuyo tráfico es de los más importantes en Europa.
Las actividades de los críticos de la cumbre ya tuvo su primera cita ayer, en la cumbre alternativa, en la que se debatió sobre el comercio y el cambio climático, entre otras cuestiones. El sábado está prevista la mayor movilización, que podría reunir a más de 100 mil personas.