¿Y SI LA MITAD DE LAS VÍCTIMAS DE LA MASCULINIDAD SON HOMBRES?

Cuando veo las noticias de la noche por la televisión, a veces me parece que todos los problemas del mundo pueden reducirse a uno: el comportamiento de personas con cromosoma Y, pues son hombres quienes tienen el poder, el dinero, las armas y los antecedentes penales. Creo que uno de los problemas más importantes, si no el más importante, al que se enfrenta el mundo de hoy son las consecuencias de la masculinidad canalla. Algunas formas de masculinidad (en particular si es descaradamente brutal o disimuladamente tiránica) son tóxicas para una sociedad tolerante, libre e igualitaria.
Comprensiblemente, son las mujeres las que han encabezado el debate sobre el género. Al fin y al cabo, ellas son las que más oprimidas se han visto por sus restricciones. Los sentimientos de muchos hombres con respecto a este tema pueden resumirse así: “No lo arregles si no se ha roto”; el statu quo parece funcionar para ellos. Pero yo pregunto: “¿Realmente funciona?”. ¿Y si la mitad de las víctimas de la masculinidad son hombres? La masculinidad podría ser una camisa de fuerza que está impidiéndoles “ser ellos mismos”, sea cual sea el significado de la frase. En su afán de dominio, los hombres pueden haber descuidado aspectos esenciales de su propia humanidad, sobre todo en temas relativos a la salud mental.

SER HOMBRE POR DEFECTO

Decidí llamar “hombre por defecto” al varón que lo es de forma automática cuando no busca una alternativa a aquello que le viene dado. Además, la polisemia de defecto viene como anillo al dedo para lo que quiero expresar.
Cabría pensar que en la Gran Bretaña políticamente correcta del siglo xxi han cambiado las cosas, pero el gran hombre blanco no deja de medrar y sigue colonizando los puestos de mando y los ingresos más altos. La mezcla de buena educación, modales, encanto, seguridad en sí mismo y atractivo sexual (o “dinero”, como prefiero llamarlo yo) se traduce en un fuerte control de las llaves que abren las puertas del poder. Naturalmente, si tiene esas cualidades es, sobre todo, por ser quien es, no por lo que ha logrado. En su blog Whatever, John Scalzi sostenía que ser un varón heterosexual blanco era como jugar a un videojuego llamado Vida en el nivel más bajo de dificultad. Si eres un hombre por defecto, ya exhibes la imagen del poder.
Vivimos y respiramos en el mundo del hombre por defecto: no es de extrañar que tenga éxito, ya que gran parte de la sociedad funciona según sus términos. La perspectiva del hombre por defecto impregna el Estado, los medios de comunicación y los negocios e introduce en el tejido social un sesgo (unas veces evidente, otras muy sutil) favorable a su sexo, su raza y su clase. Ese hombre prioriza metas tan “razonables” como la rentabilidad, la eficacia, el autodominio o la ambición frente a recompensas emocionales como la cohesión social, la calidad de vida, la cultura o la felicidad. Siglos de patriarcado han forjado un mundo que refleja y sostiene la perspectiva masculina de clase media. Para que florezca la igualdad hay que descoser la ideología por defecto del tejido social y ponerla junto a las perspectivas contrapuestas de tal modo que podamos tejer más fácilmente un mundo justo.
Como es natural, los hombres por defecto respaldan con entusiasmo el glorioso proyecto capitalista: ellos son “individuos”.
Dominan las altas esferas de nuestra sociedad imponiendo, deliberadamente o no, sus valores y preferencias al resto de la población. Con sus llamativas vergas textiles colgadas del cuello, forman una gran mayoría en el gobierno (77 %), en las salas de juntas (79 % de los altos ejecutivos en las 100 mayores empresas de la Bolsa británica; 92 % de los directores generales) y en los medios de comunicación (un alto porcentaje). Son, naturalmente, hombres blancos, heterosexuales, de clase media y, por lo general, de mediana edad. Y cada uno de estos factores ha desempeñado históricamente un papel en la consolidación de esta tribu como un grupo que actúa muy por encima de sus presuntas habilidades.
A las mujeres y las minorías “exóticas” se las ha tachado de “apasionadas” o “emocionales”, como si ellos, los hombres por defecto, tuvieran una asombrosa habilidad para orillar las lentes más subjetivas, unas lentes siempre distorsionadas por los sentimientos. El hombre por defecto gozaba de una visión desapasionada, empírica y objetiva del mundo como derecho de nacimiento y todos los demás estaban a merced de sentimientos turbulentos e incontrolados. Eso, por supuesto, explicaba por qué los “otros” a menudo tenían opiniones que estaban en total contradicción con su visión supuestamente fría y analítica del mundo. En este caso, los “otros” son sectores sociales que han adquirido una buena inteligencia emocional y se toman en serio tanto sus sentimientos como los ajenos, personas más preocupadas por la gente que por tener razón, personas que podrían dirigir el mundo mejor que el hombre por defecto.
El hombre por defecto ha gobernado gran parte de nuestro mundo durante mucho tiempo. Ha hecho muchas cosas bien, pero es hora de que renuncie a su hegemonía. Creo que la diversidad en el poder solo puede mejorar la sociedad. Las mujeres y las minorías logran que en sus decisiones pesen experiencias vitales muy distintas. Tal vez necesitamos nuevos arreglos para el cuidado de los niños que resulten atractivos para los padres: ¿automóviles de carreras con asientos para niños? ¿Una categoría en los maratones para los padres con sillitas de paseo? ¿Pubs con guarderías? Creo que la adaptabilidad es la clave de nuestro futuro masculino. Creo que los hombres necesitan buscar en su interior (abrir el capó del motor), tomar una mayor conciencia de sus sentimientos (leer el manual) y empezar a adaptarse (modernizar las prestaciones). En el mundo de la psicología se habla mucho de la técnica de “actuar como si”: si uno quiere cambiar sus sentimientos, que actúe como si estos ya hubieran cambiado y el nuevo comportamiento empezará a parecerle familiar y, con suerte, mejor. De entrada, los hombres pueden adoptar una versión artificial del futuro en la que tímidamente interpreten una concepción forzada de una masculinidad alternativa, ya que los nuevos modos de comportamiento a menudo parecen erróneos, pero quizá les sorprenda la rapidez con que se sienten a gusto y, me atrevería a decir, totalmente varoniles en ella.

¿NO TE CABE EL CUPO?

Las protestas contra de la discriminación positiva son los lamentos de quienes temen perder sus privilegios. Para que las mujeres de clase obrera, negras y con talento ocupen el lugar que les corresponde en los limitados puestos de poder, algunos hombres por defecto tienen que renunciar a sus poltronas. El problema es que no me los imagino cediéndolas con la misma gentileza con que le ceden el asiento a una embarazada en el metro: “Veo que carga usted con una inteligencia y una empatía superiores a las mías. Haga el favor de ocupar mi puesto en el consejo”. Y no quiero decir que sean hombres quienes suelen ofrecer su asiento en el metro.
Uno no puede evitar preguntarse si, por cada mujer a la que se le niega el poder en el contexto que sea debido al sexismo, hay en alguna parte un hombre capaz al que se ha promocionado hasta su máximo nivel de incompetencia. ¿Qué será de todos esos hombres en una sociedad justa? Cuando se hace campaña por la igualdad en cualquier grupo de poder, rara vez se considera a los perdedores. En la mayoría de las organizaciones poderosas hay un número limitado de puestos directivos, de modo que la igualdad conduciría al desempleo de los individuos que solo poseen “cualidades de liderazgo” innatas: ser blanco de clase media y, por encima de todo, tener pene. Debemos ver cómo se manejará la caída del hombre, habrá que resarcir de algún modo a quienes no tienen éxito en su afán de dominio. La necedad de las objeciones que se ponen a las cuotas se haría evidente si propusiéramos que, en lugar de llamar a esa política discriminación positiva, adoptásemos un sistema de cuotas proporcionales para los hombres por defecto en el gobierno y las empresas. Estamos desperdiciando talento: al fin y al cabo, la mayoría de los licenciados en campos tan relevantes como el del derecho son mujeres.
Suele decirse que la principal dificultad que tienen las mujeres para ejercer el poder es la falta de confianza, pero un estudio donde se pedía a mujeres que se autoevaluaran tras hacer una prueba de matemáticas indicó que el 15 % había sobrevalorado sus resultados. El verdadero problema es que los hombres los sobrevaloraron en un 30 %. Es de suma importancia contar con un parlamento representativo y diverso, porque su influencia se hará sentir en todos los sectores de la sociedad. No hay que subestimar el impacto de ver y oír a personas que no solo nos representan, sino que tienen el mismo aspecto y hablan igual que nosotros. Se presentaría como un modelo para todas las estructuras de poder y sería un gran paso hacia la igualdad por defecto. Los miembros de un parlamento representativo no votarían políticas que penalizan injustamente a uno de los géneros como penalizaban a las mujeres las recientes medidas de austeridad. La diversidad en el poder significa tener un abogado del diablo incorporado.

¡HOMBRES, SENTAOS POR VUESTROS DERECHOS! 

Un aspecto de la masculinidad pluralista que puede ser problemático para los hombres de la vieja escuela son las opciones a escoger. La masculinidad de la vieja escuela a menudo parece no ofrecer ninguna. Como guía, quisiera dar unas pistas. Es posible escribir los objetivos del feminismo en una tarjeta postal. Me ha costado encajar en el mismo espacio un futuro manifiesto para los hombres, pero aquí va:
Derechos de los hombres 
Derecho a ser vulnerable.
Derecho a ser débil.
Derecho a cometer errores.
Derecho a ser intuitivo.
Derecho a no saber.
Derecho a dudar.
Derecho a ser flexible.
Derecho a no avergonzarse de lo anterior.
La caída del hombre, publicado en español por Malpaso, con traducción de Aurora Echeverría, saldrá a la venta en abril de 2019, mientras tanto se puede leer en versión digital.